Llego el domingo, salir de casa y tomar un bus, taxi o moto para escapar de la ciudad.

La ruta me lleva camino al Huila. A 5 minutos de carretera…

encontrar la naturaleza: arboles, tierrita, flores, aire puro, agua,

silencio. Esta vez en compañía de amigos también fotógrafos.

Paseamos un ratito, solo un ratito, como para despejar la cabeza y volver al ruedo.

Después de un cafecito “diferente” y unos envueltos, salimos a caminar.

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Las texturas son lo que más me atrae, aún sin un macro, se puede lograr captar las formas y sus superficies.

Los incontables tonos tierra que uno encuentra son una expresión maravillosa de nuestra

Pacha Mama.

Los pequeños estanques entre los verdes arboles aportan esa música pasajera del agua

que corre y se pierde nuevamente en la tierra.

Debo decir que quedo pendiente un chapuzón, para la próxima.

2

Mientras caminamos, trato de no tropezar con las ramas y enredaderas que corren

por el piso, y bajo la burla de ser una noble citadina, voy tomando algunas fotos lentamente.

Debo confesar que estoy mucho más acostumbrada a tomar fotos a las personas. Tengo que

concentrarme y poner mi mayor atención a encontrar los detalles que pueden

inspirarme entre la naturaleza.

A medida que avanzamos entre los arboles, aparece un impulso arrebatado que me frena

y pongo mi atención en  registrar los colores, en su forma más pura.

4

Busco, miro y encuentro. Mis ojos se posan y el objetivo esta en disociar colores y formas, o es uno o es el otro.

Ambos competirían entre sí, debo elegir. Me quedo con los colores, brillantes y majestuosos que resaltan ante mis ojos.

3

Esta llegando el mediodía, es hora de irme y volver a la ciudad. Solo me queda pensar que puedo volver cuando quiera, me estarán

esperando. Las últimas fotos las tomo rápidamente y parto.

Cuando llego a la ciudad, el centro casi vacío no me inspira para nada, aunque sus calles

están solitarias, dejo la cámara guardada. Me queda en la memoria la última hoja.

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