Cuando me escribieron me lo pensé un par de veces, una boda en Almaguer. Sonaba en mi cabeza el pueblo, pero realmente no tenía muy claro donde quedaba. Solo sabía que era hacia el sur del Cauca. Pensé en dos o tres horas de viaje. Son seis, en días con suerte.

Cuando comencé el viaje, un día antes yendo a la terminal a comprar el pasaje. Conté con mucha suerte, por que al día siguiente hubo gente que se quedo sin viajar. Sali a las 7.10 am. Nos demoramos un buen rato en dejar Popayán detrás.

La carretera es aburrida hasta que comienzas a ver las montañas. Una tras otra, a lo lejos. Y subes, y subes y subes más. Llena de curvas, hacia la izquierda, hacia la derecha.

Y te encuentras frente a ese paisaje de cuento de hadas y esperas que en cualquier momento cruce un blanco corcel con su jinete. Aunque en esas tierras no hay corceles blancos ni príncipes.

Pero sin duda te sientes en medio de la inmensidad. No hay palabras que describan esa sucesión de montañas y nubes. Unas sobre otras, y verdes que se suceden desde el más pálido hasta los verdes esmeraldas, pasando por todos los tonos inimaginables.

Entonces ya no tienes ganas de cerrar los ojos aunque el cansancio te vence.

Y miras y miras por la ventanilla hasta perderte mientras sigues el camino zigzagueante.

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