Patios traseros

Una ciudad fundada en la Colonia, que fue gloria y centro del hacer cultural y político de Colombia. Pero su suerte esta echada desde hace siglos al calor de las fracturas que la cruzan por debajo silenciosamente y rugen y hacen que tiemble cada tantos años. Construida y reconstruida muchas veces durante siglos.

En 1983 el terremoto fue devastador, solo 18 segundos bastaron para que sus calles se llenaron de dolor y escombros. Sus casas de adobe, de estructura tradicional española volvieron a caer. Concentradas en el centro histórico de la ciudad, albergaban a las familias de nobles apellidos pero también a muchos inquilinos rurales que venían buscando un mejor porvenir.

En esas casas encontrábamos aquellos patios traseros o solares donde se alzaban los palos de guayabo y se juntaban los amigos a tomar un aguardiente. Se accedía por el frente de la casa y tras pasar los cuartos se llegaba a un espacio habitado por el sol, para el rejunte de familias y vecinos, espacios comunitarios de la vida intima de la ciudad, donde los poetas y cantores entonaban sus rimas.

Después del terremoto llego el auge de la reconstrucción impulsado por el estado a través de programas y prestamos. Aparecieron barrios nuevos y la gente pobre dejo los inquilinatos y accedió a su primera casa. Pero también muchos alzaron las manos y llenaron los bolsillos, llevándose los recursos fuera de la ciudad y con ellos dejaron detrás los patios derruidos. A partir de allí la decadencia.

Las casas se vinieron abajo y la especulación inmobiliaria comenzó a aparecer. Por ser ciudad blanca, culta, universitaria e histórica el Centro Histórico de Popayán consiguió ser Patrimonio de Colombia y por ello levantar nuevas fachadas y nuevos patios no es tan sencillo. Más fácil y más barato es dejar caer las casas, sumarle a la destrucción por el temblor la destrucción por el abandono y esperar.

En esa espera mientras tanto los patios traseros se convirtieron en parqueaderos. Espacios destinados a la nada, no espacios, no lugares. Destinados a la acumulación diaria de autos y motos. La gente entra y sale, no se mira, no conversa. Convertidos en espacios públicos abiertos a la ciudad, fueron inundando el centro y se siguen reproduciendo. El sol sigue entrando pero ya no son espacios de encuentro y regocijo, ya no se recitan poemas y se cantan canciones.

A través de ellos la decadencia se hizo carne.

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